RED es un colectivo, sitúa la singularidad del estudiante en el centro de la producción de cultura arquitectónica. Nuestro método se basa en potenciar la trayectoria individual mediante el análisis de sistemas complejos y el reconocimiento del contexto. Los talleres funcionan como un marco de trabajo colaborativo que integra bibliografía, referentes, glosario y herramientas específicas para la construcción de un lenguaje disciplinar autónomo.
Los talleres proponen un esquema de aprendizaje acumulativo, por lo que cursar más de un nivel supone una ventaja: En los primeros cursos se incorporan herramientas básicas de proyecto, mientras que los cursos superiores funcionan como un espacio de tésis donde cada estudiante intentará encontrar el sentido de su propia producción y hacerse de un método proyectual propio. Los talleres de RED son dispositivos didácticos específicamente pensados para aprender a proyectar. En RED buscamos que los estudiantes incorporen herramientas de proyecto pero al mismo tiempo que desarrollen un espíritu crítico y desarrollen herramientas metacognitivas: Enseñamos a aprender aquello que no sabemos y a desaprender aquello que sabemos y ya no nos sirve. En nuestros talleres docentes y estudiantes estarán continuamente aprendiendo. Los ejercicios de RED no tienen una respuesta prefigurada, de hecho rechazamos la prefiguración: Ningún docente sabe de antemano cuál es la tipología o la respuesta proyectual correcta.
Creemos que los buenos proyectos son más bien el resultado de un ciclo de producción fervorosa y postproducción que de una “inspiración divina”. Es común que en los talleres de RED no haya “comisiones” y que cada estudiante (o grupo) pueda revisar su producción con varios docentes en una misma clase obteniendo una respuesta diferente de cada uno de ellos (a veces incluso contrapuesta) en todo caso quedará a cargo del estudiante depurar esos aportes y adoptar la respuesta que mejor considere para llevar adelante su producción.
El método educativo se despliega como una dinámica activa donde el contexto actúa como eje de validación, invitando al estudiante a construir su propio conocimiento a través de la resolución de desafíos situados. Al cursar la totalidad de los niveles bajo esta misma lógica, el estudiante no solo suma herramientas técnicas, sino que desarrolla una capacidad de pensamiento complejo que crece de manera no lineal. Al transitar este trayecto, la interacción entre la solidez del marco y la agilidad del método permite que las capacidades críticas se potencien de manera multiplicadora, logrando que la evolución del pensamiento proyectual sea el resultado directo de una experiencia pedagógica coherente, situada y profundamente colectiva.
Es el primer año del taller, diseñado para sumergir a los estudiantes en los principios, métodos y cultura fundamentales de la cátedra.
El programa fomenta la experimentación, la curiosidad y el desarrollo de una voz creativa individual. Los estudiantes exploran una amplia gama de medios, incluyendo dibujo, maquetación, fotografía, escritura y herramientas digitales, para construir una sólida base en el pensamiento espacial y la comunicación visual.
Es el segundo año del taller, y el punto donde la curiosidad de A1 empieza a organizarse en sistema. El programa propone reconocer la complejidad del mundo contemporáneo desde una mirada sensible y analítica, entendiendo el rol de la arquitectura frente a los ciclos de crisis locales y la hiperconectividad global. El estudiante deja de mirar el objeto aislado para diseñar módulos y reglas: estructuras que se repiten, se ajustan y se adaptan a distintos usos, en una ciudad donde —como advirtió alguna vez Koolhaas— la forma cada vez importa menos que la lógica que la sostiene. El trayecto avanza en dos tiempos —una fase utópica, donde se define el sistema en abstracto, y una heterotópica, donde ese sistema se pone a prueba contra la ciudad real— para construir infraestructuras de máxima libertad de uso.
Es el tercer año, y el sistema aprendido en A2 se pone en tensión con algo que lo excede: el contexto. El curso desplaza el foco del objeto arquitectónico autorreferencial para entender el proyecto como parte de un entramado de actores, situaciones y relaciones sociales, económicas y culturales —porque, como enseña Aldo Rossi, ninguna obra existe aislada de la ciudad que la contiene y le da sentido. El estudiante ya no diseña un módulo aislado, sino que aprende a leer y a operar sobre esa red compleja que rodea a cada obra. A través de un proceso de investigación proyectual que se acumula a lo largo del año, el objetivo es que la técnica se transforme en una respuesta crítica y situada, capaz de mediar entre la escala local y la global.
Es el cuarto año, y la instancia donde todo lo acumulado se pone a prueba en una escala mayor: proyectos de usos mixtos que superan los 10.000 m². El estudiante ya maneja el lenguaje, el sistema y el contexto; ahora los integra en una sola operación, sumando conocimientos avanzados de tecnología, estructura y las implicaciones sociales de la zonificación. No hay comisiones fijas ni un tutor asignado: cada estudiante define su propia idea rectora y la defiende frente a todo el equipo docente. Es un punto de inflexión donde se consolida lo aprendido y el ejercicio deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una oportunidad de producir conocimiento disciplinar propio.
pu: LABORATORIO DE CIUDADES FUTURAS
Es el salto de escala: del edificio al territorio. Más del 80% de la población latinoamericana habita, produce y se educa en ciudades que, sin embargo, no siempre le garantizan el acceso pleno a sus derechos. El curso propone leer la ciudad como un artefacto extremadamente complejo, que muta y se metaboliza a un ritmo propio, y utilizar las mismas herramientas proyectuales y teóricas que el estudiante ya domina —midiendo la ciudad, como pedía Gehl, por la vida que ocurre entre sus edificios y no solo por sus planos. La pregunta deja de ser cómo se construye un edificio para ser cómo se construye, entre todos, una ciudad.
Es el cierre del recorrido, donde la autonomía ganada en cada nivel se pone al servicio de una pregunta final: ¿para qué sirve todo esto? El curso propone la inserción de infraestructuras comunitarias en ciudades intermedias, bajo un pacto ficcional de gestión cooperativa, donde cada estudiante proyecta un edificio propio que debe responder a inquietudes ciudadanas reales y no solo a discusiones internas de la disciplina. Porque, como sabía Jane Jacobs, ninguna infraestructura genera comunidad por sí sola: es el proceso de reunirse, disputar y decidir juntos lo que la construye. Al finalizar, el egresado comprende que la arquitectura no es solo un objeto físico, sino una herramienta de transformación social.





